viernes, 7 de agosto de 2009

Empapada en su llanto

Me embargó la furia y la nostalgia, una vez más, me sentí frustrada, devastada, sólo pensaba en mi dolor, pensaba en él una y otra vez, mi mente estaba abrumada, me nublaban mis pensamientos, mi cabeza iba a estallar, estaba segura, me desesperé mucho más y comencé a llorar estruendosamente, mis propios quejidos me atormentaban aumentando mi dolor, acercándome al colapso pero poco después, un par de segundos quizás, de haber comenzado a derramar lágrimas mis ojos, no hubo tal colapsó en su lugar comenzó a caer la lluvia cuantiosa que llevaba cargándose unos días sobre las colinas en las grises nubes, el diluvio cayó sin piedad sobre mí, pero no me golpeaba, no sentía dolor, siquiera el frío de la ventisca que arremetía a su vez contra mí frágil cuerpo y de un segundo a otro...yo, yo ya no estaba pensando, me hallaba entonces simplemente sintiendo la lluvia corriendo sobre mi piel, aunque llorando aún por él, pero el dolor y sus recuerdos ya no estaban en mis pensamientos, porque yo no estaba pensando.

De repente, del interior de esa antigua casa de la que yo había salido a tomar aire fresco, ese lugar causa de mi sufrimiento, el hogar de mi desgracia, de esta siniestra morada, de allí salió ella y me dijo: -¡Por favor ven dentro querida, parece una tormenta, te congelarás allí fuera, venga Señorita Ginevra!- Dijo esto con su suave, juvenil y dulce voz, sonaba casi como un ángel y ella a su vez se veía como uno, como de costumbre...

Mi odio por ella podría haber aumentado enormemente en ese instante, ¿Cómo era posible que bajo aquella ruidosa tempestad su voz siguiera sonando con ese adorable sonido? ese sonido que yo tanto odiaba, que me había hundido aún más en mi pena tantas veces, pero no podía sentir tal cosa, ni pude reflexionar sobre ello hasta ahora, ya que en aquel instante yo no estaba pensando. Las voces de mi mente yacían dormidas, arrulladas por mis sentimientos que se ahogaban entre las gotas de lluvia. Así mi cuerpo le respondió, pero no mi mente, y con una no tan suave voz, porque mi voz en aquellos tiempos sonaba casi como el suspiro de un fantasma debido a la decaída de mi espíritu, le dije:
-No te preocupes Melissa, es sólo el cielo, el hermoso y comprensivo cielo... Él no me hará daño, yo lo sé... Él sólo está llorando conmigo...

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